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16.4.13

2. Una Carrera Loca y una Larga Historia.

Continué nadando hasta que divisé la orilla de una playa. Al llegar a tierra había allí un ratón que salía del mar, posiblemente por la misma razón que yo, y se puso a caminar, así que decidí seguirlo.
Al cabo de un rato, el animal debió percatarse de mi presencia porque se dio la vuelta de repente y me habló:
"¿Sabes, niña? No es de buena educación seguir a la gente sin presentarse ni presentar un motivo por el que no se es presentado, del mismo modo que no es de buena educación contestar a una pregunta si esta no ha sido propiamente presentada antes". 
Me quedé perpleja ante tal dominio de las palabras -aunque lo que dijera no tuviera ningún sentido- pero luego me acordé del conejo blanco y pensé que el que las bestias hablaran en aquel mundo debía estar a la orden del día. 
"No soy una niña, y tengo un nombre; me llamo Aoife".
"Oh, vaya...", dijo con lástima, "no es culpa tuya". 
Dicho esto me dejó allí de pie, dio media vuelta y siguió su camino.
"Disculpe, Señor Ratón"; yo no estaba dispuesta a resignarme y quedarme allí sin que me diera una respuesta o una manera de salir de aquel sitio tan extraño.
"¿Cómo sabes mi nombre?", preguntó con sospecha, girándose hacia mí de repente.
"Supongo que lo he supuesto... quería saber cómo puedo salir de aquí". 
Me miró extrañado.
"¿Salir de aquí? Si ya estamos fuera".
Odio reconocerlo, pero tenía razón. 
"Me refiero a que cómo puedo volver a mi casa; verá, yo no soy de aquí, y..."
"¡Pero niña! ¿Cómo puedes pensar en volver a casa cuando estás empapada como un atún? Ven conmigo; todos están esperando a que les recite un discurso con el que se van a quedar secos".
Me tomó por un hombro y me guió hacia donde estaba un grupo de animales: había un dodo, un pato, un aguilucho y una urraca. Todos ellos estaban sentados en círculo esperando al Ratón, empapados también de pies a cabeza con las plumas manchadas y pegadas al cuerpo. 
Se pusieron a rechistar al Ratón porque había llegado tarde y estaban demasiado mojados aún. Se encontraban de tan mal humor que nadie pareció reparar en mi presencia, hasta que el Dodo se detuvo a  hablarme. Sostuvimos una larga discusión sobre el lenguaje -algo en lo que yo llevaba ventaja, o eso creía, ya que es lo que estoy estudiando en la universidad-; al quedarse sin argumentos, me chistó y dio paso al discurso del Ratón que supuestamente nos dejaría secos. 
"¡Silencio! Silencio todo el mundo", dijo el Ratón mientras todos se sentaban a su alrededor.
El roedor se aclaró la garganta y dio comienzo a su discurso:
"Guillermo el Conquistador, cuya causa era apoyada por el Papa, fue aceptado muy pronto por los ingleses, que necesitan un jefe y estaban desde hacía tiempo acostumbrados a usurpaciones y conquistas. Edwindo y Morcaro, duques de Mercia y Northumbría, se pusieron a su favor, e incluso Stigandio, el patriótico arzobispo de Canterbury, lo encontró conveniente...". 
"¿Qué es lo que encontró?", le interrumpí. No aguantaba más, ese discurso no tenía ni pies ni cabeza, y yo cada vez me sentía más irritada.
"Encontrólo", me respondió.
"Eso no tiene sentido, no ha dicho nada en todo el tiempo que ha estado hablando, yo sigo igual de mojada que antes y me tengo que ir a mi casa porque mañana tengo un examen, así que buenas tardes". Me levanté y me dispuse a irme cuando el Dodo me cogió por el brazo:
"¡Es de mala educación irse así sin escuchar a alguien!".
"Y es de mala educación tocar a alguien sin permiso". Todos se sorprendieron por mi respuesta, di media vuelta y me puse en marcha cuando alguien habló de nuevo.
"La niña tiene razón, todavía estamos mojados"; era el Pato.
"No soy una niña, me llamo Aoife", repliqué.
"Oh..." graznó la Urraca, decepcionada.
"¡Qué!", pregunté enfadada.
"Ya lo tengo", saltó el Aguilucho. "Podemos hacer una carrera electoral".
"¡Si!", gritaron todos, entusiasmados, al unísono. 
"¿Qué es eso?" le pregunté al Ratón.
"Ya lo verás; la mejor manera de enseñar a hacer una carrera electoral es haciendo una". Trazó un círculo en el suelo y cada uno se puso en él, aparentemente en un sitio al azar. No hubo "preparados, listos, ya", tan solo se pusieron a correr por todas partes, sin llevar un rumbo fijo y cada uno empezó cuando quiso.
Los miré a todos avergonzada. Era como si se hubieran vuelto ciegos o locos; me sentí muy patética por estar allí de pie observando la surrealista escena. Al cabo de un rato, el Dodo se detuvo y gritó entre jadeos:
"¡Basta! ¡Se acabó la carrera!".
"¿Quién ha ganado?", preguntó el Pato. 
"Pues... todos estamos secos, así que todos hemos ganado y todos recibiremos un premio", declaró el Dodo. 
"¿Y quién lo va a entregar?", intervino la Urraca.
Todos me miraron a mí y el Ratón remarcó en voz alta lo que pasaba en aquellos momentos por sus cabezas: 
"Pues Aoife, por supuesto".
Al cabo de unos segundos reaccioné:
"No tengo nada". Era cierto; había encogido y no tenía nada de ropa, a excepción de un trozo de cortina que sujetaba con una de mis horquillas. 
"Eso no es verdad, tienes pelo", insinuó el Aguilucho.
"No voy a daros mi pelo".
"Danos uno a cada uno", dijo el Dodo.
Aquella sugerencia era un poco macabra, pero yo no tenía ganas de más conversaciones absurdas, así que me arranqué un par de cabellos cobrizos para cada uno y se los regalé. 
"Pero tú también estás seca", continuó el Dodo, "de modo que tú también debes recibir un regalo". Se arrancó una de sus plumas azules y me la tendió honorablemente. Yo la cogí, di las gracias y cuando se pusieron a celebrar sus regalos aproveché la confusión y me marché. 

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